El Cobre, Altar Mayor de Cuba.

Por: María C. Campistrous Pérez
(Artículo publicado en la Revista Verdad y Esperanza, publicación de la UCLAP-Cuba, enero 1998, actualizado en septiembre de 2008 por la autora )

Ocurrió en los albores de siglo XVII. En una pequeña canoa, tres obreros en busca de sal -dos indias y un niño negro y esclavo- surcaban las aguas de la oriental y norteña Bahía de Nipe. Estaban justo en el delta que por ese entonces formaba el río Mayan en su desembocadura (llamado en ese tiempo Cayo Francés y conocido hoy también como Cayo de la Virgen), cuando vieron flotar, entre la espuma de las suaves olas, un pequeño bulto blanquecino que se les antojó ser un ave; el día comenzaba a clarear y remaron a su encuentro.

Qué dulce sorpresa la de estos navegantes! La tenue luz de la aurora mostró ante sus ojos una imagen de María Santísima, ave de gracia llena. Arrimando la canoa, tomaron con premura la imagen y la introdujeron en ella: maravillados, vieron que, aunque era muy pequeña, traía un hermosísimo niño en la mano izquierda y una cruz en la derecha. Cuál no sería su asombro al comprobar que sus vestiduras estaban secas a pesar de navegar sobre una débil tablilla, en la cuaL unas grandes letras decían: YO SOY LA VIRGEN DE LA CARIDAD.

Con el alma llena de ferviente gozo continuaron Juan Moreno -el niño negro- y los hermanos Juan y Rodrigo de Hoyos -indios naturales del país- su viaje a la salina; regresaron luego a Cayo Francés para seguir por tierra hasta el Hato de Barajagua la Vieja, lugar de donde habían salido para buscar sal. La alegría de esta gente humilde y amante de María, con fe sencilla y profunda, no tenía límites: la Virgen había venido a su tierra!, y eran ellos, sus hijos, los dichosos en hallarla. Para andar entre ellos había escogido, si cabe, el más bello de los nombres -CARIDAD-, que es como la fuente de todas las caricias y ternezas de María. Así lo había leído Rodrigo en la tablita que traía por barca... Y fue esa apacible mañana manantial de gracia para la Isla. Con el día nació su estrella. Por el mar llegaba también la Madre del Amor, la que ellos, los humildes, podrían sentir suya, solidaria y cercana, e implorar su protección. Y desde la hora bendita de su aparición, Ella —la llena de gracia- comenzó a construir con su amor maternal un solo pueblo y un solo hogar para el pueblo en esperanza que sería después la República de Cuba.

Al llegar al hato todo fue regocijo entre los vecinos, y el Mayoral mandó de inmediato a construir en su propia casa un altar para la Virgen, al tiempo que enviaba a uno de los peones a comunicar la fausta nueva al administrador del Real de Minas del Cobre, en el poblado de Santiago del Prado (lugar de la jurisdicción de Santiago de Cuba y a cuatro leguas de la misma), el cual contestó ordenando que se le fabricase sin tardanza una ermita a la Santísima Virgen, y mandó una lámpara de cobre para que constantemente ardiera una luz ante su santa imagen. Todo se ejecutó con la rapidez a que impele el cariño: en el mismo batey se levantó la ermita con tablas de palma y guano, ¡como los bohíos de los indios tenía que ser la casa de la Madre que venía a vivir con sus hijos de Cuba para siempre! Una fiesta fue en el hato el traslado de la imagen a su primera casa, todo era devoción en aquel sencillo areíto, y junto al altar la lámpara —nunca podía faltar la luz a la Señora.- Para cuidar de Ella se nombró a un vecino de bien, Diego de Hoyos, de auténtica estirpe aborigen y hermano de los indios que la hallaron. ¡Cubana había de ser la sangre del primer celador de la Virgen del Cobre!

Ulteriormente, el administrador del Real de Minas mandó una comisión a Barajagua encabezada por el cura del pueblo para que, procesionalmente, llevase la imagen hasta el poblado. Preparadas las andas, la Virgen fue conducida en hombros hasta El Cobre, donde, entre cánticos y danzas, la colocaron en el altar mayor de la Iglesia.

Ya en el pueblo, María del Cobre empezó a derramar gracias y favores en él y su devoción comenzó a extenderse a lugares vecinos, según relataría a los 85 años, con la candidez propia de los humildes, el negro esclavo Juan Moreno -aquel que de niño encontrara a la Virgen sobre las aguas-, cuando le tomaron declaración solemne en 1687, tal como consta en el legajo que se conserva en el Archivo de Indias. Y si valiosa es la historicidad de este documento, maravilloso fue que en aquel tiempo, cuando los esclavos carecían de derechos, se le diese fuerza legal al testimonio de uno de ellos en un documento oficial. Otros datos -tomados de tradiciones orales y testimonios de los vecinos- los aporta el P. Onofre de Fonseca, primer Capellán de la Virgen, en su manuscrito “Historia de la aparición de la Virgen de la Caridad”, fechado en 1703 (veinte años después de haber iniciado su capellanía).

En la Iglesia del pueblo permaneció la imagen tres años, hasta que se le colocó con gran júbilo popular en la ermita edificada para Ella en lo alto de un cerro, cerca del sitio en que se le apareció un día a la niña Apolonia -según Onofre Fonseca-, y posteriormente pasó a otra iglesia mejor, sita en el lugar de la visión. Pero, al crecer la devoción, dicho templo resultó pequeño, y ese mismo capellán, con las limosnas de los vecinos de Santiago de Cuba, de Bayamo y de otros devotos, fabricó en el mismo lugar otro más suntuoso y amplio para dar cabida a los numerosos peregrinos que iban hasta allí a visitar a su Madre, la de la Caridad y los Remedios. Después se construiría, en los terrenos aledaños al santuario, una modesta hospedería para los que venían de muy lejos.

En la época de la aparición, el Cobre era el más importante enclave económico de la zona, pues la extracción de mineral de sus minas -al que debe su nombre- estaba en su apogeo. Por ello, era sitio obligado de comerciantes, lugar del “Camino de la Isla” entre Bayamo y Santiago, lo cual favoreció que se fuera extendiendo cada vez más lejos la devoción a la Virgen del Cobre, amén de que, con el correr del tiempo, aumentaban con creces los milagros que Ella hacía a su pueblo, y esto principalmente después de la epidemia de peste de 1695 y los terremotos de mediados del siglo XVIII. En Puerto Príncipe, Camagüey, comienzan a levantarse templos a la Caridad del Cobre desde las primeras décadas del siglo XVIII, después llega esta devoción a Sancti Spiritus, y un siglo después a La Habana. A fines del siglo XIX se conoce en toda la Isla, y puede hablarse, con certeza, de una devoción nacional, reforzada por la fuerte influencia de los mambises del Ejército Libertador cuando la Invasión a Occidente.

Desde que llegó para quedarse en las estribaciones de la Sierra Maestra, esta Virgen ha sido parte de la vida del pueblo cubano, compañera de sus luchas, acicate de deberes patrios, esperanza de futuro. No es de extrañar, pues, que fueran los esclavos de El Cobre los primeros de Cuba en obtener su libertad, como proclamara el Capellán de la Virgen al leer, el 19 de mayo de 1801 y frente a la ermita de la Virgen del Cobre, la Real Cédula en la cual el Rey de España se comprometía a respetar la libertad de los “cobreros” y el derecho que tenían éstos sobre sus tierras, cual elocuente mensaje de libertad y justicia que Maria de la Caridad enviaba a su pueblo oprimido y sufriente.

Esta devoción mariana crecía junto a las raíces de este pueblo, nación en ciernes, que iba fraguando su nacionalidad, y era tan propia del pueblo cubano, que llegó a ser característica de su patriotismo. No por otra causa las rogativas de las camagüeyanas, en 1851 (cuando el alzamiento encabezado por Joaquín Agüero y Agüero), y las misas votivas a Nuestra Señora de la Caridad, se consideraron —por la pasión del integrismo peninsular- como sediciosas. Y es que realmente impetraban la protección de Ella para los que conspiraban contra el poder colonial. Así también, el que las cubanas llevasen como adorno el azul y la medalla de María del Cobre, se interpretó como ostentación del nacionalismo cubano.

En 1868, cuando Carlos Manuel de Céspedes organizaba la primera gesta libertaria, tomó la tela azul para la bandera del dosel de una imagen familiar de la Virgen. Luego de la toma del poblado del Cobre, el 24 de noviembre de 1868, -en la que no hubo resistencia adecuada por la parte española-, Carlos Manuel anunció su visita al pueblo bajo el mando insurgente y se dispuso al efecto un cálido recibimiento. Ese día salieron a esperarle a la loma del Puerto, y por todo el camino le vitoreaban, soldados y negros. El homenaje al héroe era fastuoso, pero éste, al entrar al poblado, sólo atinó a preguntar si había algo preparado en la Iglesia, y al respondérsele que no, se adelantó el solo hacía la puerta principal del templo. Junto al cura que en ella se encontraba, se postró de rodillas ante el altar de la Virgen de la Caridad para orar en silencio. A sus pies puso el Padre de la Patria la justa lucha por él encabezada para el bien de sus compatriotas. Y esa mañana, ante el corazón conmovido de los bravos guerreros cubanos, la Virgen se volvió Mambisa.

Y en la manigua la tuvieron los mambises como protectora y aliada. En tomo a su sombrero tenían la cinta tricolor con la “medida” de la Virgen. El General Antonio Maceo llevaba siempre puesta la medalla de la Caridad, devoción que databa desde la infancia, pues su misma madre se la había inculcado. Un día, en que creyó haber salvado la vida gracias a su protección, dijo: “Todos debemos darle gracias a la Virgen de la Caridad del Cobre, porque Ella también está peleando en la manigua”.

Por tanto, no sorprende que después que los jefes de los ejércitos norteamericano y español firmaran el Acta de Capitulación en Santiago de Cuba, en ausencia del General Calixto García Iñiguez y su Estado Mayor -pues los cubanos no fueron invitados a la firma del Armisticio de la Guerra que con sangre y heroísmo habían ganado- el mismo General Calixto García Jefe del Ejército Oriental, envió a su Estado Mayor, al mando del General Agustín Cebreco, con instrucciones de que el día 8 de septiembre se “celebre el triunfo de Cuba sobre España en Misa Solemne con Te Deum a los pies de la imagen de la Virgen de la Caridad en el Cobre”.

Este gesto ha sido considerado como la “Declaración Mambisa de la Independencia del pueblo cubano”. Y el 8 de septiembre de 1898 se celebró en el Santuario del Cobre “la primera fiesta religiosa en Cuba libre e independiente”, a la que asistieron oficiales cubanos y norteamericanos. El sermón lo predicó un santiaguero de casta, el P. Desiderio Mesnier, sobre el tema: “El Pueblo Cristiano tiene en Maria una corredentora, los cubanos tienen en la Virgen de la Caridad una Madre que los enseñará a consolidar una República Cristiana”, que es todo un programa de consagración cubana a la Madre de Dios.

Años más tarde, el 24 de septiembre de 1915, un grupo de veteranos encabezado por el Mayor General Jesús Rabí y otros altos oficiales del Ejército Libertador Cubano, reunidos en El Cobre, solicitarían al Papa Benedicto XV “... que realice la más hermosa de nuestras esperanzas y la más justa de las aspiraciones del alma cubana, declarando Patrona de nuestra joven República a la Santísima Virgen de la Caridad del Cobre.., pues en el fragor de los combates y en las mayores vicisitudes de la vida, cuando más cercana estaba la muerte o más próxima la desesperación, surgió siempre como luz disipadora de todo peligro, o como rocío consolador para nuestras almas, la visión de esa Virgen cubana por excelencia, cubana por el origen de su secular devoción y cubana porque así.., la han proclamado nuestros soldados, orando todos ante Ella para la consecución de la victoria, y para la paz de nuestros muertos  olvidados...”. Al año siguiente, el Papa declara Patrona de Cuba a la Virgen de la Caridad. Por entonces la imagen se encontraba otra vez en la Iglesia parroquial del pueblo, trasladada allí en 1906 el cuando el derrumbe del antiguo Santuario.

La mudanza de la venerada imagen a su nueva casa marcó un hito entre las emociones cobreras. Esa mañana del 8 de septiembre de 1927, como nunca antes, demostró el pueblo cubano su amor a María; desde los más remotos rincones de la Isla habían llegado peregrinos, manifestando así la importancia concedida a su Patrona. La Virgen fue sacada de la Iglesia parroquial en hombros de los prelados, pero al llegar a la puerta la cargaron los veteranos, y en sus manos llegó al nuevo Santuario en un trono de rosas blancas. El cariño filial con que la llevaron estos hombres, curtidos por los avatares de la guerra, es prueba fehaciente de que, desde el nacimiento mismo de nuestra nacionalidad, la Virgen del Cobre ha estado íntimamente vinculada al destino del pueblo cubano.

Pero faltaba aún la realización de una quimera patria, de una dulce utopía: coronar a la Reina. Y esa ilusión fue realidad el 20 de diciembre de 1936, a orillas de la bahía santiaguera -escenario histórico de ataques piratas y luchas libertarias, regada por la sangre generosa de varias gene raciones de cubanos-. Ella fue desde su altar del Cobre a la ciudad heroica —saliendo de su pueblo por primera vez- para bendecir a sus hijos que, llegados de todos los confines de la Isla, esperaban allí anhelosos de aclamarla como Madre, como Patrona, como Reina. Esa mañana magnífica el calor de su amor superaba al del cálido invierno santiaguero. Una gigantesca Bandera Nacional, llevada procesionalmente desde el Centro del Consejo Territorial de la Independencia por los mismos veteranos, ondeaba en el Campo Eucarístico.

Monseñor Valentín Zubizarreta, Arzobispo de Santiago y Primado de Cuba -autorizado por expresa delegación papal- coronó al Niño y a la Virgen cuando cesaron las notas del Himno Nacional. Y mientras se llevaba a efecto la coronación, repicaban las campanas de todas las Iglesias de la ciudad, los morteros disparaban, y un avión esparcía flores por toda la Alameda convertida ese día en templo solemne. Las coronas las regaló el pueblo cubano, la de la Virgen llevaba una inscripción que dice, en latín: “Caminó sobre las aguas del mar la Madre de Dios, la Virgen de la Caridad”

Pero, ¿cómo es esa Madre que así la aman sus hijos? Es pequeña y ligera, de rostro moreno y transparente —color de todas las razas de -su pueblo - ojos vivos, mirar profundo y suave, sonrisa inabarcable, sabrosa dulcedumbre que acoge y fortifica. ¿Cómo ser cubano y no amarla, si Ella es símbolo de cubanía, la Madre de todos, la única capaz de convocar a su pueblo a la unidad?

Llegar a su Santuario es sentir en el alma un vuelco distinto, acercarse a la concha que entre agrestes montañas guarda de Cuba la perla. Un cielo siempre azul, verde vegetación, palmas altivas y flores campestres forman el paisaje del remanso de paz. Sobre lo alto del altar mayor espera Ella, la Virgen de los cubanos. Por detrás queda su camarín, la alcoba íntima a donde van sus hijos a confiarle secretos del alma desde bien cerca, para sentir mejor su protección de madre, llevarle flores y cantarle amores. Visitar ese lugar es conocer el amor que le profesa el pueblo y sentirse inundado por él, es saber de ideales consagrados y vidas ofrendadas, es sentirse cubano.

Conocer a María del Cobre es haber visto ante su altar a un hombre recio, golpeado por la vida, ofrendándole flores como a una doncella y, postrado a sus pies, orando entre suspiros; o a una joven pareja que llega ante su trono para dejar en él ilusiones y plegarias junto al ramo de novia. Adentrarse en el misterio de su Santuario es descubrir que un hombre ha velado a sus puertas toda la noche sin atreverse a entrar “porque no sabía rezar”. Sentir la hondura de su cubanía es vibrar de emoción con aquel anciano ciego quien, absorto ante su imagen, improvisó unas décimas que decían: “...aunque estén lejos de mí esta Virgen y Martí viven en mi corazón”.

Al comenzar la Misión Nacional con la Virgen (1951-1952), el Presidente de los Veteranos de Oriente cursó órdenes para que todos los centros de su circunscripción recibieran a la Virgen Mambisa con honores como de Generala y, cerrado el arco de su peregrinar por la Isla, llegó hasta el Cacahual para encontrarse con el Mayor General Antonio de la Caridad Maceo y Grajales. Allí la esperaba en su nombre el presidente de los veteranos, Coronel Alfredo Lima. Viejos hombres guerreros, temblando al peso de la emoción, de los laureles y de los años, la cargaron en andas y la colocaron sobre la misma tumba del Titán de Bronce...

Sonaron los acordes del Himno de Bayamo, después habló con orgullo el Coronel Lima: “Durante 47 años, los Veteranos no hemos consentido en que se colocara sobre esta tumba ninguna ofrenda. Pero hoy, sí: se trata de La Caridad, la Patrona de los mambises, a la que amaba tanto el propio General que descansa bajo estas lápidas...” El simbolismo desborda toda emoción: sobre las reliquias del Héroe de la Patria reinaba la Caridad, la Madre y Patrona de Cuba.

Esa Misión Nacional tuvo su clímax el 20 de mayo de 1952, cuando la antigua y venerada imagen del Cobre voló hasta La Habana para celebrar con su pueblo el cincuentenario de la República.

Refugio, protección y guía, fue también Ella para los jóvenes de aquella generación valerosa, que, cual nuevos mambises, escalaron la Sierra buscando restaurar la amada patria. Junto a sus pechos viriles llevaban su medalla. Después del triunfo miles de cubanos peregrinaron hasta el altar del Cobre para agradecer a la Madre la paz alcanzada.

En noviembre de 1959 volvería la Virgen de Nipe a volar hacia la capital, esta vez para presidir el 1 Congreso Católico Nacional y la Misa de Clausura. Esa noche, a despecho del frío y la lluvia pertinaz, cerca de un millón de cubanos -incluyendo a las más altas autoridades del Gobierno Revolucionario- se congregaron en la Plaza Cívica “José Martí”; cientos de miles de fieles estaban allí para testimoniar su amor.

Fue esa presencia viva, entrañable, de la Virgen del Cobre en el corazón y la historia del pueblo cubano, la que movió al Papa Pablo VI a proclamar Basílica Menor el hasta entonces Santuario Nacional. Monseñor Bernardín Gantín, un Cardenal africano, vino como delegado suyo portando la Bula Papal. El 30 de diciembre de 1977 se consagró el templo-hogar de los cubanos como Basílica. Durante la ceremonia se tocó el Himno Nacional y, en ese momento, manos y corazones se unieron en un aplauso unánime mientras las lágrimas corrían desde el fondo del alma de los prelados y fieles; los difíciles momentos que vivía la Iglesia en la Isla quedaron ese día allí, a los pies de la Virgen.

Bajo su amparo nuestra Iglesia crecía hacia dentro y hacia fuera. Milagro y realidad, don y tarea. Otro sueño largamente acariciado se haría realidad: el Papa Juan Pablo II visitaría la Isla, vendría a Santiago a coronar con sus manos la imagen morena de María del Cobre. Y nuevamente peregrina, como Estrella de la Evangelización,  la Virgen prepararía el camino del Mensajero de la Verdad y la Esperanza.

El 24 de enero de 1998 la imagen centenaria salió por cuarta vez de su altar cobrero, iba a Santiago a encontrarse con el Vicario de su Hijo. Ese día, al despuntar por el Oriente de la Isla, el sol admiró una Plaza engalanada de fe y cubanía. Desafiando los vientos –de doquiera soplasen– se alzaba en lo alto la cruz del altar de campaña, a su derecha ondeaban a la par las banderas de Cuba y de la Iglesia. Detrás, esperando a su Madre de la Caridad, gigante en brioso corcel que parecía salir de las entrañas mismas de la tierra que lo vio nacer, el General Antonio señalaba a su pueblo la senda del Papa que venía a coronar a la Virgen de los cubanos. Miles de personas esperaban al que venía de allende los mares para traer un mensaje de amor y unidad a los cubanos de dentro y de fuera de la Isla, al que vendría a coronar a su Madre.


Durante la Misa, después de la profesión de fe, llegó el momento tan querido y esperado por todos: la coronación de la Santísima Virgen de la Caridad del Cobre como Reina de Cuba. El Papa bendijo las coronas del Niño y de la Virgen, y ante él fue llevada en andas su santa imagen. En las manos temblorosas de Su Santidad se alzaba la corona de la Reina de los cubanos. Con infinita dulzura, cual si su amor hacia Ella aunara las penas y ansias del suelo que pisara, coronó por sí mismo a nuestra Madre y Patrona, dejando entre sus manos, como recuerdo, un rosario de perlas a la Perla de Cuba. Allí, en la Plaza santiaguera, junto al Titán que le llevara en su pecho a la manigua, quiso ser coronada «Cachita»... Detrás, cual coloso paladín ecuestre, el General Antonio, con silente elocuencia, extendía el brazo convocando a su pueblo: al de aquí y al de allá. Al fondo, las agrestes montañas que escogió por morada María del Cobre, y el turquí de un cielo limpio y sereno, azul como las aguas de la oriental bahía por donde llegó para siempre la Virgen de la Caridad, fueron testigos de un sueño que se hacía realidad. Las voces se quebraban al cantar: «¡Virgen Mambisa, que seamos hermanos!».

Ese hermoso gesto hacia nuestro pueblo, la ternura con que el Papa coronó a la Reina de Cuba, fue el encuentro cercano de la Iglesia y la Patria, las dos madres que anhelan la unidad de sus hijos. A los pies de la Virgen quedaron esa mañana los sueños y amores, esperanzas y temores de sus hijos. Ese día, ante el sucesor de Pedro, la Virgen y la Patria se unieron en beso intangible... Aquí, en Santiago, sin lugar a dudas, el Papa encontró, ardiente y desnuda, el alma de Cuba.

Desde hace cuatro siglos, viene la Virgen de la Caridad prodigando su aliento maternal sobre el pueblo cubano, en todas sus horas, en todos sus hijos, en todas las dimensiones de su vida. Por eso, no importa el idioma que resuene en las calles ni la devoción mariana del lugar: María del Cobre seguirá siendo la Reina en cualquier punto del orbe donde se alce un hogar cubano, como símbolo vivo de la Patria lejana y querida, de los sueños perennes. Ante Ella arde el corazón, así en días de dolor como en horas de bonanza. Ante Ella se mezclan en demanda de protección la voz balbuciente del niño y la trémula del anciano. Ante Ella, padres e hijos cruzarán plegarias y dejarán añoranzas, porque Ella es la Madre común, la de la Esperanza.

Allí, en el Cobre, en cualquier sitio, en el templo, en su gente, en las piedras, en la mina cercana o en el pico alejado, se siente el hálito de la Madre, se revive su historia de siglos de amor a esta Patria. El Cobre, por derecho propio, es el Altar Mayor de Cuba.

Fieles

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Hijo mío escúchame