Era ya madrugada lluviosa del día 29 de noviembre 1959. Había finalizado la Santa Misa celebrada ante la imagen de N. S. de la Caridad hallada en Nipe, trasladada a La Habana por avión desde Santiago de Cuba. La pequeña presencia de la Madre había sido llevada hasta la actual Plaza de la Revolución.
¡Amadísimos cubanos!
Os habla vuestro Padre de Roma y en cada una de nuestras palabras deseamos poner una nota de afecto particular para colmar vuestros corazones del amor a Cristo, hasta que se derrame sobre vuestros prójimos.
Graves acontecimientos, no muy distantes todavía, os han movido a congregaros al pie del altar para reforzar vuestra unión en la fe, la esperanza y la caridad. La Eucaristía es sacramento de amor y de unidad. Los que se nutren de un mismo Pan que es Cristo, deben tener un solo corazón y una sola alma. Todos se han de sentir hermanos ante un solo Padre. Todos miembros de un mismo Cuerpo místico cuya cabeza es Cristo.
“Revestíos pues, os diremos con San Pablo, como escogidos de Dios … de entrañas de misericordia, de bondad, de humildad, de mansedumbre, de paciencia, soportándoos mutuamente y perdonándoos si uno tiene motivo de lamento contra otro: como el propio Señor os perdonó, así vosotros. Y por encima de todo esto, tened caridad, que es vínculo de perfección. Y la paz de Cristo reine en vuestros corazones, pues a ella habéis sido llamados en un solo cuerpo” (Col. 3, 12, 15).
La faz del mundo podría cambiarse si reinara la verdadera caridad; la del cristiano que se une al dolor, al sufrimiento del desventurado, que busca para éste la felicidad, la salvación de él tanto como la suya. La del cristiano convencido de que sus bienes tienen una función social y de que emplear lo superfluo a favor de quien carece de lo necesario, no es una generosidad facultativa sino un deber. La que encuentra siempre una amanera nueva de probar el amor. La que brota del interior del alma. La de quien con todas las fibras de su corazón piensa el bien, quiere el bien, hace el bien al otro, al prójimo, en cuya persona ve al Divino Maestro.
La convivencia humana y el orden social han de recibir su mayor impulso de una multiforme labor orientada por convicción de los miembros de la comunidad hacia el bien común. Cuando la angustia y el tormento tienen aún frescas las rosas de las heridas, esta caridad impone un gesto preciso: amistad, estima, respeto mutuos. Una actitud interior, un diálogo continuado, un perdón sin distingos, una reconciliación que se ha de reconstruir, día a día y hora a hora, sobre las ruinas del egoísmo, de la incomprensión.
Si el odio ha dado frutos amargos de muerte, habrá que encender de nuevo el amor cristiano que es el único que puede limar tantas asperezas, superar tan tremendos peligros y endulzar tantos sufrimientos. Este amor, cuyo fruto es la concordia y la unanimidad de pareceres, consolidará la paz social. Todas las instituciones destinadas a promover esta colaboración, por bien concebidas que parezcan, reciben su principal firmeza del mutuo vínculo espiritual que deriva de sentirse los hombres miembros de una gran familia por tener el mismo Padre Celestial, la misma Madre, María.
¡Cómo queremos en estos momentos poner a Cuba entera a los pies de su amada Patrona, María Santísima de la Caridad del Cobre, para que reine su amor en el alma de cada cubano, para que bendiga sus hogares, para que brillen sin nubes días de paz y tranquilidad sobre esa querida Isla!.
Vuela de nuestros labios y de vuestras almas a la Reina Celeste esta ferviente súplica, mientras con la efusión de nuestro afecto va a todos vosotros, amadísimos cubanos, nuestra paternal Bendición Apostólica.









