Virgen de la Caridad del Cobre

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28 de Agosto 1892: ‘MARÍA DEL COBRE’ EN LA DESPEDIDA DE UN FUGAZ ARZOBISPO DE CUBA.

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Por L. Betancourt

DON JOSÉ Mª DE COS Trasladado por el Papa León XIII a la sede de Madrid-Alcalá en julio 1892, DON JOSÉ Mª DE COS,  nombrado Arzobispo de Santiago de Cuba en 1889, se despidió de su diócesis el 28 de agosto 1892. Lo hizo mediante una Carta Pastoral  remitida a Santiago desde Cóbreces,  pueblo situado en tierras de su Santander natal. Allí se encontraba cuando se hizo pública la decisión pontificia.

Por entonces, el territorio diocesano de Santiago se extendía desde el extremo oriental de Maisí hasta los límites occidentales de la actual provincia de Camagüey. Poco más de dos años fueron suficientes para que Mons. Cos experimentara y guardara en su memoria lo mejor de nosotros. Al despedirse, evocó nuestras playas encantadoras. Mencionó las anchas llanuras, recordando las planicies de Holguín y Camagüey.  Y refiriéndose a las gentes, destacó la suavidad del carácter cubano; su gran hospitalidad; el respeto y cariño  recibido de todos.

No tenemos noticia de otro documento episcopal escrito con anterioridad a 1892, donde se abordara la devoción y culto a la Virgen de la Caridad  con la amplitud y alcance pastoral que leemos en la Carta de Mons. Cos.

Aquel Arzobispo supo captar el profundo sentir religioso de sus diocesanos orientales y camagüeyanos. Su Carta es valioso testimonio sobre la devoción y culto popular a la Virgen del Cobre en nuestra antigua diócesis. Y es ejemplo de  entusiasta invitación hecha por un obispo colonial para que se conservara esa devoción enraizada en el alma cubana.

Carta de Despedida ‘A aquella Reina gloriosa que en el Cobre tiene su trono, invocamos al despedirnos de vosotros, hijos queridos, lo mismo que la invocamos al pisar por primera vez vuestro hospitalario suelo. Virgen de la Caridad, ella os alcance del cielo el amor que del cielo baja; y con ese amor la unión; y con esa unión la paz; y con esa paz la abundancia, ayer feliz moradora y hoy desterrada de esa tierra de bendición.  Vosotros, ¿quién lo duda?, vosotros seguiréis siendo siervos de esa gran Reina’.

Testigo de peregrinaciones al Santuario de El Cobre procedentes de lugares insospechados, Mons. Cos impulsa su continuidad: ‘Con el bordón del peregrino cruzareis las anchas llanuras, salvareis las altas montañas, pasareis los profundos ríos y subiréis a la cumbre del monte’.

Sorprende que el Arzobispo llame ‘MARÍA DEL COBRE’  a la Madre de Cuba, forma inusual hasta entonces y quizás no empleada después. Y anticipando el futuro que ya fue y continúa, acertó en el pronóstico: Ella ‘seguirá siendo la Reina, dondequiera se alce un hogar cubano’.

Más de un siglo ha transcurrido desde esa Carta Pastoral. Metidos ahora en afanes de Cuarto Centenario, Mons. Cos nos anima a implementar una tarea: llevar la imagen de la Virgen a todas las casas que quieran acogerla como Madre que va para quedarse.

‘Su imagen encantadora tendrá siempre el primer lugar, tanto en el palacio del rico como en el bohío del pobre. Ante ella arderá la lámpara de luz tímida y placentera, así en días de dolor como en horas de bienandanza. Ante ella se mezclarán en demanda de protección la voz balbuciente del niño y la trémula del anciano. Padres e hijos rodearán a la Madre Común de todos, y allí se cruzarán las plegarias de la tarde y de la mañana’.

Ella en cambio, ¡Madre bendita!, será la salud del enfermo, el consuelo del afligido, la alegría del triste, el amparo del desvalido, la esperanza del justo y el refugio del pecador, dando bondadosa acogida entre sus brazos maternales a todos los que la alaban y la invocan con devoción’.

El ya “ex Arzobispo” santiaguero propone actuaciones que no han perdido actualidad: ‘Madres, consagrad vuestros hijos a esta Madre de la inocencia, y enseñadlos desde la infancia a reverenciarla y amarla. Sacerdotes del Altísimo, predicad sin cesar sus glorias, y vestíos su devoción como impenetrable coraza. Hombres del mundo, no olvidéis que María es Madre de todos. Habitantes todos de Cuba, moradores del Camagüey, volved, volved vuestros ojos hacia la montaña del Cobre’.

Da un paso más, invitando a centrar en el Hijo la devoción y culto tributado a la Madre: ‘Aquella que resplandece mucho más que las antorchas, el oro y la pedrería que le ofrece vuestra piedad, ostenta en sus brazos un Hijo que a la vez es Hijo de Dios. Ella lo presenta a vosotros, como en otro tiempo a los Magos que, siendo sabios y reyes, se postraron para adorar al que es el Rey de los siglos y eterna sabiduría’. ¿No es ése el horizonte perseguido al caminar hacia el año 2012? ¿No es ése el sentido del lema “A Jesús por María” que acompaña el andar?

A lo largo de su despedida, el Arzobispo desgrana sus vivencias cubanas: ‘El devoto culto de vuestra Iglesia Catedral. Los ofrecimientos de flores [Mes de Mayo] a la más bella de las vírgenes [María]. Las distribuciones de premios en las escuelas de los pobres. Las sesiones del Ropero que da vestido al desnudo. Aquel ir y venir de gentes por los llanos y por los cerros, multitud ansiosa de instruirse y santificarse. Aquellas misas celebradas bajo el verde dosel de palmas. Aquellos cánticos sagrados que repite el eco en los montes circunvecinos. Aquellos santos Ejercicios de nuestro amadísimo Clero; aquella gran reunión de jóvenes y ancianos; aquella devoción, silencio y recogimiento profundos; aquellas reuniones en que se discutían los deberes del oficio sacerdotal y se asentaban los principios de un gobierno sensato y útil ’.

Todo ese rosario de vivencias eran las realidades luminosas de nuestra vida diocesana. Junto con ellas, seguro había realidades opacas, oscuras y sin luz. Pero aquel Arzobispo optó por retener en su memoria lo mejor de nosotros. Ese talante, ¿no les recuerda aquello de Martí sobre el sol que  -al mismo tiempo- tiene luz y manchas? Rompiendo tópicos de entonces, Mons. Cos se fijó y habló de nuestra luz.

 

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